Hay una ley humana que es casi tan exacta como cualquier ley física. Dice, más o menos, así: toda empresa sometida a una presión huelguística orquestada por intereses inconfesables adopta una relación pública con la verdad inversamente proporcional a la fuerza demostrada por los revoltosos. O sea, que según Telefónica, la huelga
del 3 de septiembre ha pasado sin pena ni gloria, ha sido absolutamente minoritaria y lo cierto es que ellos, que saben muchos de líneas ocupadas, no han notado nada anormal ese día.
En esto de las huelgas hay muchas más leyes. Por ejemplo, ante la presión de los grupúsculos minoritarios, donde vete tú a saber si no hay piratas y bucaneros, cuyos resultados pueden beneficiar a tirios y troyanos, las empresas, instituciones respetables donde las haya, se llaman a andanas y actúan como prescribe el famoso “dilema del gorrón”: no participan, pero se aprovecharán de lo que pueda lograrse. Esto es lo que han hecho la casi totalidad de los proveedores de servicios de Internet y motores de búsqueda, por ejemplo (ojo, no digo que debieran haber secundado la huelga y dejar sin servicio a quienes quisieran y –pese a todo– debieran hacer uso de la Red ese día, pero podían haber tenido algún detalle...; para otras cosas no les falta imaginación).
Hay más leyes y comportamientos regidas por ellas, como también hay actitudes que rompen las reglas, sorprenden y nos dejan a todos descolocados, al menos en un primer momento. Con el tiempo, ya se sabe que las aguas suelen volver a su cauce...
¿Doce por ciento? ¿Treinta por ciento? ¿Cincuenta por ciento? ¡Qué más da! Lo importante es que los usuarios, gracias a la iniciativa de algunos grupos organizados, han tomado la palabra y han dicho que ellos también cuentan. Y cuentan, además, con autoridad moral. Por eso, el poder político y el poder empresarial tienen ahora que tomarnos en cuenta.
Pero cuando el diálogo se vuelve inevitable, empiezan otros bailes. Con la misma letra se interpretan partituras diferentes y se espera que los alegres y animados danzantes se descoordinen y algunos pierdan el paso.
El Ministerio de Fomento, por ejemplo, dice ahora que hará lo posible para que las operadoras de telecomunicaciones adopten una tarifa plana. El ministro, Sr. Arias Salgado, dice que “en la medida de nuestras posibilidades, trataremos de que los operadores telefónicos se encaminen hacia la tarifa plana” y, acto seguido, afirma que debemos tener “tranquilidad y confianza en la política de liberalización de las telecomunicaciones del gobierno español”. ¿Por qué? ¿Acaso ha hecho méritos para ello? Su argumento es una versión ajada de lo de siempre: el mercado y la libre competencia determinará que bajen los precios. Hay que tener... para decir eso después de haber decidido una descomunal subida de las tarifas. O sea, que nos quiere liar.
Por su parte, Telefónica dice que ella se opuso desde el principio al “tarifazo” y que ni pincha ni corta en todo esto. Pero, acto seguido, dice que la tarifa plana es imposible, que tenemos los precios más bajos de Europa, bla, bla, bla. Sin embargo, es cierto que Telefónica ya sugirió la posibilidad de una tarifa plana con anterioridad... ¡de ocho mil pesetas al mes! Una tarifa que “aplana” a cualquiera, menos a las grandes empresas, tal vez. Ahora, abundará en ello y presentará ofertas en base a una serie de parámetros que requerirán todo nuestro esfuerzo de interpretación para traducirlas al lenguaje corriente.
Afortunadamente, ya existen otras propuestas de tarifa plana más claras y razonables. Las han hecho el PSOE y la AUI, y son bastante similares. Ha llegado la hora, pues, del diálogo y la negociación. En él deben participar el gobierno, los grupos parlamentarios, las operadoras telefónicas, los grupos de consumidores y de usuarios y los proveedores de servicios.
Mientras tanto, no deberíamos bajar la guardia. Al contrario, animados por la unanimidad alcanzada en la opinión pública en contra del “tarifazo” y en favor de una tarifa plana, debemos seguir con las movilizaciones. El calendario propuesto por la Plataforma La Huelga es una buena guía, revisable, por supuesto, para ajustarla mejor a los cánones de una protesta tan cívica como la que los usuarios de la Red protagonizamos el pasado día 3. El camino está abierto.